Uno no puede llevar la prosa en la sangre y el madridismo en el corazón y permanecer ajeno a un nuevo espectáculo de Raúl. El 7 es eterno. Posee el carácter mítico del dios pequeño que lo consigue todo a pura insistencia. No hay manera de doblegar su voluntad. Ha sido elegido por el destino para impartir la gran lección moral: no existe la rendición y solo sirve la prédica del ejemplo. Habla el trabajo. El orgullo. La vergüenza torera.
A pecho descubierto puso en entredicho a un Athletic que lo tiene todo, desde el talento natural a la energía juvenil. Raúl carece de semejantes virtudes, pues en el reparto de los dones se quedó sin una técnica privilegiada y ya suma 35 añazos. Pero da igual. En solitario, incansable y ambicioso puso contra las cuerdas a su rival y nos mostró a todos, una vez más, en qué consiste exactamente el camino de la dignidad.
Marcó dos grandes goles, uno fruto de la inteligencia y otro de un golpeo con el alma desde fuera del área. Le tiró un caño mágico a Llorente en la línea de fondo, diseñó una vaselina y repartió juego desde el centro del campo. Se quedó a centímetros del triplete, pero en su forma de entender la competición hay algo que está por encima de unos números tan escandalosos como su larguísima ausencia de la selección española: en el minuto 65 se dio una carrera rabiosa para presionar la triangulación de los rojiblancos. Lo hizo con la cabeza bien abajo y con el alma como poseída. Él, que ha ganado prestigio, dinero y fama para aburrir. Que goza como nadie del derecho a ahorrarse algún gramo de energía. Que juega en un equipo de segunda fila de un país segundón en lo que a clubes se refiere. Pues no, prefirió pegarse el palizón en ese y en otros lances.
Otra noche para la emoción químicamente pura del sentimiento madridista más auténtico. Muchas gracias, Raúl, el capitán que cualquier soldado quisiera tener al mando.
Te esperamos.
