Era cuestión de tiempo: se acaba de confirmar públicamente que Valdano y Mourinho no se soportan, circunstancia que sería completamente intrascendente si no fuera porque el primero es el Director General Deportivo y el segundo el entrenador del Real Madrid. La iluminada mente de Florentino Pérez, quien según algunos indicios sigue siendo el presidente de la institución, se entregó a un plan imposible y cuyas graves consecuencias resultaban muy precedicibles para cualquier aficionado a la observación de la psicología humana.
Jorge Alberto Valdano, en tiempos poeta y filósofo del balompié, se ciscó en sus principios -uno por uno- cuando tragó con el fichaje de un profesional a quien había pasado por el cuchillo de su vistoso discurso, escrito y oral, cada vez que tuvo ocasión. Por cierto, estaba en su derecho de hacerlo -lo de usar el pincho, digo- pues sus virtudes para el análisis futbolístico son incuestionables. Además, le pagaban por ello. Pero la traición a sí mismo, con la pantomima y la verborrea que justificaba lo injustificable durante la presentación ante los medios del técnico, era un espectáculo muy poco edificante. Poquísimo.
Aquel funesto día perdió el Director General Deportivo toda su credibilidad entre quienes todavía se la otorgábamos y tiró por el desagüe su autoridad en las competencias que supuestamente tenía. La Junta Directiva contrató los servicios de quien estaba en las antípodas de su verbo, que se tragó palabra por palabra, en estado crudo y sin sal. Pues bien, sean o no ciertos los datos que circulan en la prensa deportiva sobre la presunta marcha de Mourinho el próximo mes de junio -a ver si llega hasta entonces-, resulta palmario que el divorcio entre el portugués y el portavoz de desgracias deportivas, ha alcanzado una intensidad que no se aguanta por más tiempo.
La gota que colmó el vaso cayó el domingo, y desde ese instante el asunto ya no tiene remedio ninguno. Minutos después del grave accidente en el estadio Meditárraneo, Valdano se quejó del despiste provocado por el culebrón del fichaje del nueve y entre risas, como celebrando la ocurrencia de su cerebro, añadió que el único delantero centro disponible estaba en el banquillo. Esas declaraciones, que provocaron ayer la airada reacción de Mou ("estoy mayor para recaditos en la prensa"), constituyen un error mayúsculo y en nada aceptable por al menos dos motivos: primero, porque el propio club alimentó el despiste generalizado al reconocer que estaban estudiando el mercado y que interesaba el regreso de Van Nistelrooy; y segundo, porque suponen una injerencia injustificable en la esfera de responsabilidad del entrenador, quien debería decidir las alineaciones y los sistemas de juego con absoluta libertad e independencia de criterio.
Es evidente que Mourinho vuelve a pasarse de frenada respondiendo en público a una afrenta que, por cierto, también se hace ante la cámara y los micrófonos de un canal de televisión. Sea como fuere, lo único cierto es que la convivencia entre los dos gallos del corral es completamente inviable y que uno de los dos sobra. El presidente no puede mirar hacia otro lado por más tiempo y tiene que elegir de una vez si no quiere que el incendio se propague y sea devastador. En aplicación de una mínima coherencia, debe apechugar con la decisión que adoptó a finales de la temporada pasada al saltarse el criterio de su Director General Deportivo en la elección del técnico de la primera plantilla y ofrecerle a la masa social la cabeza de Valdano en una bandeja de plata, habida cuenta de que el afectado, además, ha carecido de la dignidad profesional de entregarla él mismo en sacrificio. Por si fuera poco, los seguidores están muy hartos de tanto capricho y desean que se detenga de una vez la caprichosa triturada de banquillos activada desde hace tiempo en Concha Espina.
Y ojo a la temperatura del Bernabéu el domingo, pues parece que toca compromiso y dejar de mirar de una vez para otro lado.
