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martes, 21 de mayo de 2013

Mou y los pañuelos




Con la marcha de Mourinho se cierran tres años sin bailes de pañuelos. No volaron al aire en las gradas del Bernabéu, dirigiendo su ira de papel industrial contra jugadores o por donde luce el palco. El entrenador se marcha pero el presi y sus chicos permanecen. Puede que un día se acuerden del escudo protector del maléfico portugués. A poco tardar.

Compareció Florentino con la voz titubeante y las manos temblorosas, como quien anda que no se tiene. Y se paró el mundo una vez más, pues el Madrid vive cada minuto al límite de la supervivencia, pareciéndonos que el planeta fuera a volatilizarse al suspiro siguiente y por su culpa. Con Mourinho la idea de la extinción de la raza fue más probable que nunca, pues de sobra es conocido que cena niños crudos por las noches y provoca catástrofes devastadoras con diabólicos conjuros. No es exagerar, no, pues ha hecho cosas mucho peores, como dejar a Casillas en el banquillo. Laguna jurídica, por cierto, que semejante acto no figure con su tipo correspondiente en el Código Penal.

Así que ahora volvemos al lugar de donde veníamos últimamente, que no son las nueve copas de Europa, como parece si uno lee, sino el cachondeo, los octavos de final, los cataclismos coperos y las ruedas de prensa de "no hay equipo pequeño". Ay, las ruedas de prensa, ese producto de lujo para la información bien envuelta. Tan necesaria.

Salió Florentino con las manos temblorosas y la voz titubeante y dijo que no diría "Ancelotti". Él no pero otros sí, que aquí todo ocurre bajo los focos, hasta lo que no ocurre. Ya nos han asegurado que Carlo pacificará y será Del Bosque con acento italiano, todo en uno. Diálogo, paz. La paz, qué bonito, consiste en dar interviús en un mesón y en escribir alineaciones políticamente correctas, que si no se lía parda. Lo demás son ganas de guerra.

Mou, mientras, enfila al barrio de Chelsea, donde unos abducidos le aguardan con pancartas y parabienes. Gente salvaje que no quiere a Benítez ni después de ganar no sé qué, detalle que ya retrata a esos bárbaros británicos. Allí, el de Setúbal seguirá equivocándose en sus excesos, que le restan valor profesional, como lo del dedo. Junto a ese borrón hubo otros, en lo deportivo y en lo extra. Prometo explicarlo, habrá tiempo, por aquí. Prometo pero hoy no toca.

Ahora toca recordar que, a pesar de todo, durante su trío anual no ha habido un pañuelo en el Bernabéu que no fuera para aligerar la napia de alguna de las mocitas del himno. No agitaron las noches de los maltratados chavales, pobrecitos ellos, ni las del jefazo que reprende a los periodistas de palabra mientras ejecuta sus exigencias con los hechos. Tenían un pararrayos en el banquillo. Pero fabricado en Portugal y con el sello de Mendes. Toda una provocación.

Pues nada, que tome nota el que venga de este "punto y final", como titula Sara Carbonero su columna sobre el asunto de la Copa. "Todo infortunio esconde alguna ventaja", añade Sara en su dedicatoria, inspirada en los versos de Serrat y en la quintaesencia del señorío. Esto es lo que hay, Ancelotti. No hagas lo que no te conviene, que aquí, además de infortunios ventajosos, abunda la presión. Ya lo advirtió Florentino con la voz del titubeo, que "tres años en el Madrid son muchos". Sobre todo con él en la presidencia.

Carlo no llegará a tanto, aunque habrá pañuelos que serán para otros mientras en alguna tertulia futbolera alguien pronuncia con descaro: yo no fui. 

(Texto publicado en Bernabéu Digital, www.bernabeudigital.com. Reproducimos aquí por su interés para el debate... civilizado, si puede ser. Gracias).  

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sábado, 18 de mayo de 2013

Real Madrid 1 Atlético de Madrid 2. Derrota a palos


La final copera y capitalina del Bernabéu se saldó con un palo, que en realidad fueron tres. La cita que aguardaba en el epílogo de la temporada fue un carrusel de emociones que acabaron en dolor, un trauma chocante como cada uno de los balones que se fueron a morir a las maderas. Ganó el Atleti una vez más y vivió su éxtasis, ya casi ritual en finales de Copa, de La Castellana. Y claudicó el Madrid por culpa de, quién lo iba a decir, su principal defecto del curso: la falta de gol. A su rival, sin embargo, le sobró con estar ordenado y embocar dos de las tres contadas aproximaciones de las que dispuso, la definitiva ya metidos en la prórroga. Los de blanco, por contra, lograron un pobre porcentaje de una de siete. Así es imposible. 
Hay dos formas de narrar los acontecimientos de una cita tan tensa: desde la racionalidad o desde la pasión. En lo segundo se impusieron los colchoneros, poseídos desde la grada por una fe inquebrantable y en el césped por un compromiso ardoroso. En lo primero, sin embargo, se revela la verdad de que el Madrid fue mejor durante la mayor parte del duelo. La principal enmienda al juego abarca los minutos en los que estuvo por delante en el marcador, después de que CR7 marcara en un cabezazo inapelable. 
Por enésima vez en la era Mou, a un resultado provisional tenido por conveniente le siguió una fase especulativa y menor. La pelota pasó al enemigo y ni siquiera la máquina a la contra asomó por lado alguno. El Atleti se vino arriba. Y Falcao lo aprovechó para hacerle un lío a Albiol, un flan tembloroso durante toda la cita. Se fue el colombiano en una maniobra circense en la medular y le cedió la pelota a Diego Costa, habilitado por un eterno pasillo que le concedió Ramos. Diego López solo rozó con los dedos lo que acabó en empate a uno. 
Para los del Manzanares no habría más aproximaciones de riesgo hasta pasado un larguísimo trecho. El Madrid volvió de inmediato al tono inicial. Modric se hizo grande, movió a los suyos y se ofreció de forma permanente. Está por pensarse, sin embargo, hasta qué punto su protagonismo es inversamente proporcional al de Özil, que se diluye siempre que comparte once con el balcánico. No obstante, Mesut enganchó un zurdazo brutal desde fuera del área que violentó el poste y se paseó por delante de la raya. Empezaba la maldición. 
La maldición de los palos. Ya en la segunda mitad, llegó la opción más evidente cuando Benzema empujó el esférico a pocos metros de la portería... para obtener idéntico resultado. Esta vez, además, la jugada tuvo como guinda un recorte de Özil sobre Courtois y una salvación milagrosa de Juanfran sobre la línea mortal. Imposible imaginar una doble ocasión más clara, que ya dejaba en el cuerpo esa sensación de mal fario de los lances iniciales de la vuelta contra el Borussia. Sensación incrementada poco después, cuando Cristiano salvó la barrera de un libre directo a ras del suelo... para que la redonda se fuera otra vez contra la base de la madera. 
El asunto estaba para que el Atleti acertara en cuanto se le diera la opción. Con la inercia que llevaba el argumento a nadie le pudo extrañar su resolución en la maldita prórroga. Miranda cabeceó a la red un centro de Koke y después el Madrid se dedicó a lo suyo: desperdiciar acciones de peligro. Higuaín, que ya había entrado por un desafortunado Benzema, remató una pelota que caía de un mal rechace de Godín y, como casi siempre, la mandó contra el muñeco. Faltaba el complemento del divorcio con el gol de Özil, a quien le sacó Courtois un remate a puerta semivacía. Tanta fue la frustración que acabaron expulsados Mourinho y Ronaldo, quien perdió la cabeza por las constantes faltas recibidas y soltó el pie, injustificadamente, contra la nariz de Gabi. Clos, por cierto, tampoco estuvo a la altura de las circunstancias, si bien su influencia sobre el resultado resultó menor.
Lo que mató al Madrid fue la falta de puntería. Así no se puede ganar ni a los del barrio de enfrente. La grandeza de toda escuadra se mide por su inclemencia cuando huele la sangre del que tiene delante. A este Madrid de Mourinho le ha faltado ese nervio en los momentos decisivos de la temporada y por ahí se le ha escapado toda esperanza. Por ahí y por otros muchos flancos, por supuesto. Ya habrá tiempo para analizar causas y consecuencias. De momento toca felicitar a los campeones que lo fueron por la justicia del corazón y no por la de la racionalidad.

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domingo, 12 de mayo de 2013

Espanyol 1 Real Madrid 1. Punto final



Jugaron Espanyol y Real Madrid pero ganó el Barça. Cualquiera lo diría hace unos años. Pericos y merengues sin nada significativo en juego y dispuestos a sellar el triunfo del eterno y común enemigo. Empataron a uno, en una cita más bien mediocre, e inauguraron una fiesta en Canaletas en la que parecían haber contratado a cuatro extras para una peli española sin presupuesto. Lo cual no resta, claro, un ápice de justicia al título azulgrana, ganado en buena lid y ante la desidia inicial de un Madrid que deja en esta competición y en este curso su lunar más reprochable de la era Mou. Solo resta darle la enhorabuena al campeón y encarar la final de Copa con el mayor ánimo posible y sin Varane, pues lo realmente noticioso de la noche fue su lesión en la rodilla. Eso y el exceso de ímpetu de los españolistas, muy poco edificante si se analiza el contexto. 
Los hechos fueron los de casi siempre porque la tortura liguera a domicilio se ha construido sobre el pilar de la rutina. Cualquier variación en el once titular y cualquier contendiente un poco motivado cierran el pasillo al gol o, por lo menos, a su probabilidad. Casilla, sin "s", vivió la primera mitad en una calma que ya han gozado muchos otros colegas de profesión. Los blancos movían la pelota con pesadez y eran incapaces de llegar a las zonas de peligro en ventaja. La imagen más gráfica de esa inoperancia volvía a ponerla Kaká, un jugador destruido, sin velocidad, inhábil. Perdió todos los duelos y lo más que logró fue revolcarse por la hierba. No ha renunciado a un solo euro de su ficha para buscar otros destinos y ha optado por dejarle a la historia del fútbol un relato sobre la decrepitud que resulta lastimoso. Tanto como leer que puede que Ancelotti lo recupere para la causa vikinga. Hay lecturas cuyos efectos aterradores dejan a Stephen King en un angelito azucarado. En fin. 
A todo esto, al Espanyol le bastó el juego aéreo para presentar su candidatura a la victoria. A la salida de un saque de esquina muy mal defendido por todos logró el 1-0. Poco después, el árbitro anuló un cabezazo de Héctor Moreno que acabó en las mallas de Diego López, que arregló el poco trabajo que tuvo, sobre todo en un mano a mano clarísimo de Stuani, que no hizo doblete porque se interpuso el pecho del guardameta. ¿Y el Madrid? Nada de nada hasta después del descanso, cuando intentó sobreponerse a la lesión de Varane y cuando Morata dejó el partido tras reiterar que solo es un extremo izquierdo de circunstancias. 
Monopolizó la posesión el Madrid en la reanudación. Tuvo mucha más personalidad y puso en práctica un juego que por momentos se antojó apreciable. Faltó, eso sí, el último pase y sobró, también, ímpetu en la defensa local. Entradas a destiempo, patadas feas, motivación reñida con lo que de verdad había en juego. Así las cosas, Higuaín volvió a marcarle a una de sus víctimas preferidas al peinar un balón colgado por Xabi Alonso. 
El 1-1 ya no se movería. De hecho, lo que hubo fue mucho más dominio que ocasiones, aunque Cristiano -que jugó poco más de media hora- lo intentara de todas las formas imaginables. Ni con Modric por encima de la media pudo el once blanco evitar lo que era irremediable desde antes de las fiestas navideñas: el alirón culé, certificado por sus enemigos tradicionales. Menos mal que queda el sueño baloncestístico de esta noche y la batalla copera del próximo viernes para acabar con el mal sabor de boca. 

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jueves, 9 de mayo de 2013

Real Madrid 6 Málaga 2. El fútbol como excusa


El deprimente proceso de descomposición en el que se ha metido el madridismo ha terminando apropiándose del escenario en el que, se supone, corresponde disfrutar de un espectáculo en el que once tipos vestidos de blanco intentan meter un objeto llamado "pelota" en el fondo de las mallas del oponente. Ayer lo lograron en media docena de ocasiones y ante un Málaga agasajado con toda suerte de parabienes fervorosos. Dio igual. El único foco noticioso estuvo en los silbidos y los aplausos, en los planos de reacción de Casillas desde el banquillo y en la fricción de algunos sectores madridistas con representantes de la prensa. La perversión se ha convertido en norma y la gangrena es imparable.
Que el Madrid le metiera 6 al equipo de Pelligrini, que ya se llevó 7 hace un par de temporadas del mismo Bernabéu, es algo que no pareció suceder y de lo que casi resulta ingenuo dar cuenta en una crónica. Andaban medios y seguidores en la guerra de impresiones extrafutboleras mientras el césped era testigo de otra goleada. Tras un tanteo inicial correspondido con goles de unos y de otros a la salida de sendos saques de esquina -el del Madrid rubricado por Albiol-, llegó la expulsión de Sergio Sánchez y el desequilibrio que escribió el destino del duelo. El defensa atropelló a Cristiano dentro del área, aunque el portugués empotraría el lanzamiento del penalti contra el pie de Caballero. Tal fue la violencia del golpeo que el portero pagó con una lesión la hazaña de impedir el 2-1. No fue sustituido de inmediato, eso sí, por lo que acabó recogiendo la pelota de sus redes después de que Ronaldo marcara con una precisión descomunal un libre indirecto injustamente decretado por el árbitro. La cesión que vio no lo fue, aunque da la impresión de que era cuestión de tiempo, poco, que los malacitanos empezaran a acumular balazos en contra. 
Que el equipo de Pellegrini es alegre y vistoso no lo niega nadie. Pero que sufre una predisposición a la debilidad cuando surgen los imprevistos apenas lo subraya ningún analista. Sus diez pupilos se comportaron con dignidad estética... aunque cobraron por todas partes. Özil los volvió locos e incluyó en el repertorio una acción sobrenatural, con desmarque, recorte dentro del área y remate certero con la derecha. De hecho, la peor conclusión que dejaron los noventa minutos no fue la tempestad medioambiental sino su lesión, que le convierte en duda para la importante cita copera. 
Eso, sin embargo, parece lo de menos. Ampliaron la ventaja hasta el set Benzema, Modric y Di María, mientras el golazo de Antunes limpiaba levemente la cara de los suyos. Fueron seis y pudieron ser diez, pero eso pasó inadvertido. El interés estaba en otro punto. Como si lo que se dilucidaran fueran las nominaciones de un reallity infame, el respetable, paradójica forma de llamarlo, se dedicó a levantar y a bajar pulgares. Aplausos a Modric y a Casillas. Pitos, con grado variable de intensidad y contraste de vítores, para Mou, Benzema e Higuaín. Palmas para Pellegrini y para Willy Caballero. Caña a los tuyos y trato reverencial a los rivales: así es buena parte de la afición que acude cada semana al Bernabéu. 
Que llegara el final fue un rito innecesario para que continúe el único relato que interesa, ese folletín de cuarta en el que andamos metidos. Hoy más griterío, más posiciones enconadas, más tensión. Como si no hubiera una final de Copa en la antesala o como si no tocara aspirar a un futuro regido por la estabilidad. Y como si no asomaran las zarpas del pasado, que promete regresar con su trituradora de técnicos, su prensa intrusiva y sus jefes tribales en el vestuario. ¿Dónde será la próxima cita liguera del equipo? A nadie le importa. El Madrid es una excusa para las pasiones humanas. Las más bajas, por cierto. 

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sábado, 4 de mayo de 2013

Real Madrid 4 Real Valladolid 3. Goles entre el ruido


Solventó con suficiencia el Madrid uno de los trámites ligueros que todavía le quedan, mientras se desata a su alrededor la borrasca de comentarios, promesas y supuestas primicias. Se dice, se comenta. En esas se anda ya, como si no quedara una final de Copa o como si la estabilidad institucional no fuera prioritaria. Parece que ya todos se lo toman así, sobre todo cuando se recibe a un equipo que no vive entre angustias y parece que nada hay en juego. El resultado lo reflejó todo: 4-3.
La falta de tensión se antojaba inevitable después del carrusel de emociones del martes. Que la línea defensiva estuviera integrada por Carvalho, Pepe, Coentrao y Nacho sumaba, además, una dosis de intriga que no tardaría en concretarse. El Valladolid, una escuadra tirando a desenfadada, comprometió a Diego López en varias ocasiones. Un par de ellas acabaron durante la primera mitad con la pelota en sus mallas, una en la que Óscar firmaba el 0-1 y otra en la que Javi Guerra igualaba el partido a dos. La debilidad de sus compañeros dejó vendido a Diego, que nada pudo hacer por evitar los tantos. Sin embargo, la realización televisiva insistió en ambos casos en el contraplano de Casillas en el banquillo, gesto que no se repitió en las dianas madridistas. 
Lo extradeportivo, alimentado por los medios con una irresponsabilidad que explica buena parte de la crisis del sector, parecía mucho más relevante que cualquier otra cosa. Hubo gente que pitó a Mou en los prolegómenos y eso monopolizó la atención. El fútbol, lo de menos. Parte de él, por cierto, lo puso Di María, que ayudado por Valiente empató el duelo para, poco después, poner también un centro medido en la cabeza de Cristiano para que el luso diera ventaja a los suyos. 
"El Fideo" lleva varios días aguantando portadas que lo catalogan como transferible, algo difícil de entender si se analizan sus prestaciones y los costes de quienes se suponen que están por relevarle. Da igual porque la trituradora debe continuar. Sin embargo, los hechos dicen que contra el Valladolid el argentino fue  de los que puso más carácter, quizás junto a Cristiano, que casi reventó el travesaño en el saque de un libre directo antes de que llegara el refrigerio.  
La segunda mitad no cambió el escenario en exceso, si bien estuvieron mucho más comprometidos los blancos en ataque. La ambición tuvo el premio del gol de Kaká después de una asociación veloz de los de arriba. El mediapunta brasileño tuvo, pues, otra de sus apariciones en una cita menor. Últimamente se le vincula a Ancelotti y se especula con su continuidad. Di María en venta y Kaká sigue, vocean. Un planazo, vamos. 
Los acontecimientos seguían con los violetas animosos aunque un tanto más ingenuos. Y con un árbitro dispuesto a tolerar cuantas manos pucelanas interceptaran el esférico. De pronto entraron Xabi Alonso y Özil. Les siguió después Higuaín, que pisó el verde entre pitos, mucho más intensos cuando la pifió en un remate desde la frontal. Más enredo, aunque al menos no falta la voracidad de Cristiano, que se elevó entre defensas para cabecear de forma espléndida el 4-2 a la salida de un saque de esquina. 
Parecía que la película había terminado, pero no. Quedaban más planos de Casillas, sobre todo el que sucedió al golazo de Sastre, que empaló un derechazo tremendo desde larga distancia que se coló pegado al palo. Y faltaban unas críticas de Pepe a Mourinho -que previamente había vuelto a alimentar la hoguera con sus ruedas de prensa- cuando el tema sobre el campo había terminado hacía un rato con 4-3. Ruido, ruido, ruido. 
Como si no quedara una final de Copa.

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martes, 30 de abril de 2013

Real Madrid 2 Borussia Dortmund 0. Perdón, pasión y caída



La remontada no pudo ser. Un cuarto de hora de fútbol total y unos instantes finales de arreón dejaron al Madrid a las puertas de Wembley, con la miel en los labios. Ganó 2-0, un resultado en principio excepcional en cualquier eliminatoria europea, pero inválido por el cataclismo de la ida. Por tercer año consecutivo el equipo dirigido por Mou se quedó en semifinales, la antesala de la gran cita de la temporada. En esta ocasión ocurrió en un Bernabéu enfebrecido, que vio cómo se acumulaban oportunidades durante un rato y que creyó hasta el último suspiro, cuando parecía que podría obrarse el milagro de un 3-0 en apenas ocho minutos.
Buscarle racionalidad a la crónica es todo un desafío cuando casi todo se explica desde las vísceras, especialmente en dos bloques muy delimitados. Los quince minutos de inicio y los diez del final se parecieron al partido diseñado en los sueños de los madridistas, aunque por causas muy distintas. Con una energía aliñada de inteligencia, el once blanco empequeñeció de salida a sus rivales, les robó con inmediatez y se plantó con vértigo ante su marco. Las ocasiones no tardaron en llegar. Hasta cuatro, tres de ellas clarísimas. Faltó la puntería y el bajón fue inevitable. La ausencia de acierto dio paso a un escenario mucho más rugoso y en el que la energía se fue vaciando. 
Por enumerar las prístinas aproximaciones, todo empezó con un mano a mano de Higuaín. Como en tantas otras situaciones de máxima presión, el argentino se ofuscó y estrelló la pelota contra el cuerpo del portero. Puede que algún año el Madrid tenga un delantero centro de dotes implacables cuando toca no errar. De momento, y desde hace años, paga con creces ese carencia. 
El eterno retorno hacia el fallo del Pipa, reprendido por parte de la grada cuando el asunto ya pintaba imposible, tuvo continuidad en un remate desde el área pequeña de Cristiano que también sacó Weidenfeller. Y todavía más franca fue la de Özil, que condujo en soledad y con todo el tiempo del mundo hacia la portería alemana para echar el esférico incomprensiblemente fuera. No cabía más clemencia, tanta que resultó definitiva. 
Sobre la conciencia del mediapunta también pesó el recuerdo de su equivocación. Hasta ese instante había desempeñado un rol importantísimo, apareciendo en todos los huecos y dejando en ventaja a sus compañeros. Pero a partir de entonces su juego se tornó impreciso. Como él, Xabi también se fue apagando al pavoroso ritmo de sus declinantes prestaciones físicas, algo que sucedió de forma propocional al crecimiento del Borussia, un equipo que afrontó con dudas el primer acto y que habría que haber visto exigido por una distancia más corta a la eliminación durante más tiempo. 
Como no fue así, el bloque germano se fue tornando cada vez más serio, hasta dar la cara fiable que le lleva acompañando durante los últimos meses. Lo cierto es que a medida que caían los minutos los que pasaron a disculpar el gol fueron los alemanes. Lewandowski casi revienta el larguero de Diego López, quien poco después sacó a Gündogan un tiro a bocajarro que recordó a las estiradas providenciales del mejor Casillas. Tampoco mató el Dortmund y a punto estuvo de costarle una final europea. 
No parecían tan graves los desaciertos del Borussia, pero el caso es que Benzema marcó en el 82 y la gente se volvió loca. Contra toda lógica, pues quedaba muy poco y al equipo le había costado un mundo encontrar las mallas. Dio igual. Si "el espíritu de Juanito" existe debe de parecerse mucho al clima que se apoderó del Bernabéu y que alimentó, como buque insignia, Sergio Ramos. Lo intentaron los blancos con una confianza excepcional, multiplicada cuando encontraron además otro tanto del defensa sevillano a pase de Benzema. 
Los cimientos del estadio temblaban aunque solo un saque de esquina rematado fuera por Ramos se pareció al loco pasaporte a la gloria. El subidón concentrado de los postres coqueteó con el delirio aunque después abrió paso al bajonazo de la caída. El partido dejaba una dosis notable de dignidad, que no se vio acompañada de varios elementos indispensables. Uno de ellos se explica leyendo las líneas anteriores y comprobando qué nombre falta en ellas: Cristiano Ronaldo. El astro portugués, superlativo durante todo el curso, no estuvo fino en las semifinales por razones evidentemente físicas. Él, que es todo explosividad, careció del punto que le eleva sobre los demás. Lo cual, sazonado con los perdones y con la falta de fuelle de Xabi, ayuda a entender lo que la pasión desbocada casi convierte en otro hito histórico. 
¡Hala Madrid!

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sábado, 27 de abril de 2013

Atlético de Madrid 1 Real Madrid 2. Entrenamiento en el Calderón


Al parecer, hubo derbi en el Calderón. Atípico como pocos, pues uno de los contendientes parecía tomárselo como una final y para el otro era un marrón a mitad del viaje más importante del curso, entre la horrible noche de Dortmund y la remontada que invoca para el martes al "espíritu de Juanito". Pues ni con esas. Volvió a ganar el Madrid, como acostumbra desde hace largo tiempo. Si en la primera vuelta Simeone montó un entrenamiento a puerta abierta para motivar a sus chicos, la afición rojiblanca asistió esta vez al ejercicio espiritual de los suplentes de Mou. Como resultado se llevaron en las retinas un 1-2.
Y es que la vida sigue igual, a pesar de que la alineación merengue no pudo ser más circunstancial. El lustre de todo derbi no impidió la comparecencia de una línea defensiva casi marciana, con Nacho y Essien en los laterales y Albiol y Carvalho en el centro. Ni una medular con Pepe y Khedira. Ni una avanzadilla con Morata y a Kaká, uno tirado a la izquierda y el otro en el que se supone que es su sitio natural, de segunda punta. El menú prometía indigestión, sufrimiento atrás y falta de elaboración en la vanguardia. 
La promesa parecía hacerse realidad nada más empezar, con un gol que llevó la firma de Falcao y el entusiasmo inicial a la ribera del Manzanares. Daba la impresión de que esta vez los deseos de vencer serían definitivos para desnivelar la balanza a favor del Atleti, pues hasta Florentino andaba hablando por el móvil sin que se le viera muy afectado. El empate, no obstante, llegó pronto, en el saque de falta de Di María que tropezó en Juanfran y sorprendió a Curtois.
Poco más digno de mención sucedió en la primera parte. El partido fue bronco y soso. Solo Pérez Lasa se animó a poner el colorante, pues una cita de máxima rivalidad no está concebida para que un personaje así pase desapercibido. Se hinchó a sacar amarillas, varias sin el menor criterio. Y disculpó tantas otras. Mucho de su trabajo lo resolvió al revés de como procedía, aunque al menos no se dejó engañar en ningún momento por Diego Costa, para quien dar y simular es toda una escuela de vida. 
Los minutos caían pesadamente y no se veía, salvo una oportunidad de Gabi, nada noticioso sobre el verde. Eso fue así hasta que Benzema metió un pase preciso al hueco que Di María había generado con un desmarque ejemplar. Igual de brillante fue su definición, con un zurdazo raso y seco. La victoria provisional se hizo concluyente cuando entró Xabi Alonso para disputar media hora en la que el Madrid se hizo con el control de los hechos. 
Ningún madridista anduvo por encima de su nivel pero todos cumplieron eficazmente dadas las circunstancias, algo que los fieles agradecen por la felicidad que siempre genera prolongar la racha contra el vecino. Ahora, sin embargo, toca mirar en la dirección de verdad importante. Toca creer en lo que parece imposible, en una hazaña que no está al alcance de los simples mortales porque solo puede conquistarla un héroe eterno. El Madrid, por ejemplo.

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