Irá el Madrid a Cibeles y hará el trayecto con una felicidad ganada en buena lid, fruto de una temporada liguera brillantísima y, sobre todo, de un golpe de efecto brutal: doblegó a ese equipo al que muchos consideran el mejor de la historia en su castillo. Un héroe con una armadura perfectamente cincelada y convicción de campeón, eso pareció y eso fue la escuadra liderada por un Mourinho que le ganó, y muy de largo, el duelo táctico a Guardiola.
Se comportaron sus hombres como un bloque pétreo, concentrado y con las notas justas de clase. Insistió el jefe del vestuario en lo políticamente incorrecto, con dos laterales bajo sospecha como Arbeloa y Coentrao, que estuvieron sobresalientes. El rigor, la ambición y la calidad se combinaron de forma pluscuamperfecta desde la pizarra de un técnico que arrugó al eterno enemigo en su propia casa. Todo eso, claro, y la guinda de CR7, un monumento al fútbol que el madridismo tiene el lujo de disfrutar. Lleva tres visitas consecutivas marcando en el Nou Camp, así que si alguien quiere seguir reprochándole que se esconde en las grandes citas solo tiene que volver a escolarizarse y aprender a sumar. Ese portugués dio un brinco hasta el último escalón para rozar con las manos el número 32 de Liga.
Se comportaron sus hombres como un bloque pétreo, concentrado y con las notas justas de clase. Insistió el jefe del vestuario en lo políticamente incorrecto, con dos laterales bajo sospecha como Arbeloa y Coentrao, que estuvieron sobresalientes. El rigor, la ambición y la calidad se combinaron de forma pluscuamperfecta desde la pizarra de un técnico que arrugó al eterno enemigo en su propia casa. Todo eso, claro, y la guinda de CR7, un monumento al fútbol que el madridismo tiene el lujo de disfrutar. Lleva tres visitas consecutivas marcando en el Nou Camp, así que si alguien quiere seguir reprochándole que se esconde en las grandes citas solo tiene que volver a escolarizarse y aprender a sumar. Ese portugués dio un brinco hasta el último escalón para rozar con las manos el número 32 de Liga.
A pesar de las especulaciones, Mou permaneció fiel a lo que considera su once ideal. Compareció con él también en el Nou Camp y, de salida, no le fue nada mal. Tras el pitido inicial, apretó el equipo al dominador Barcelona en su mismísma casa. Parecían los culés temerosos ante la audacia de su visitante, que se comportaba con visible ambición a pesar de valerle el empate. Fruto de ello, se vivió durante quince minutos más en el campo de los locales que en el de los visitantes. No fue extraño que avisara Cristiano con un testarazo a la salida de un saque de esquina, aunque la pelota rebotó en Puyol y terminó rozada por las yemas de Valdés.
Otro balón parado premió, no obstante, al líder. Pepe lo remató y Valdés reaccionó, si bien lo dejó en un territorio peligroso. Allí Puyol se anduvo incomprensiblemente por las ramas y Khedira metió el pie lo justo para hacer un gol histórico, tan feo como valioso. Era el 108 en Liga de su escuadra, marca absoluta. Y no pareció sentarle bien al Barça, que sufrió al rato un contraataque en inferioridad del que se salvó porque Di María estuvo demasiado ansioso durante todo el partido.
Ahí se acabó durante un paréntesis, sin embargo, la inercia del duelo. Los blancos se acularon, seguramente fruto de la comodidad del resultado y de la necesidad culé, que convirtió la preocupación en paciencia. Le costó sin embargo desbordar al Barça y los hechos son los hechos: solo sumó una ocasión realmente clara en el minuto 27 y consecuencia de una genialidad de Messi, que le dio un pase escandaloso a Xabi, que se quedó solo. Rozó lo justo Casillas para desviar la trayectoria de una pelota que parecía el empate. A partir de ahí siguió el dominio del Barcelona, aunque no se sufriría más sobresalto que una injustísima tarjeta a Pepe.
Padeció muy poco el Madrid y a la vuelta del vestuario las circunstancias no variarían. Los minutos pasaban entre amarillas mal repartidas y un evidente cortocircuito blaugrana. El partido fluía como un río plácido, pero el agua se precipitó de pronto en una catarata de emociones. Los culés empataron tras una cadena de fatalidades que incluyó disparos, piernas interpuestas y una bola que parecía la de una máquina infernal de recreativo. Acabó dentro de la red y la placidez se fue al pairo. Pues es ahí, en situaciones de ese corte, cuando los deportistas sin madera noble se caen. No es el caso de estos jugadores merengues guiados por Mou. De pronto, y en un ver, Özil catapultó a Cristiano, que hizo un alarde de paciencia, precisión y velocidad para arrancar el grito más unánime y liberador de un madridismo que ya se merecía un momento así.
El 1-2 fue un mazazo irrevocable para el vigente campeón y una sacudida de electricidad vigorizante para el que le va a suceder en la cima. Entró Granero por Di María y le dio un sentido notable a la posesión blanca, lo que parecía propiciar un triunfo más holgado. Pudo llegar en un pase de Higuaín, que entró en las postrimerías, y que Cristiano mandó alto. Dio igual. Los tres puntos y los siete de diferencia no se escaparían. Messi y los suyos entregaron las armas y Cristiano y sus colegas se abrazaron en pleno éxtasis sobre el césped. A Mou ni se le vio. No hubo mácula ninguna en la fiesta, porque hasta el último detalle, en fondo y forma, fue impecable. Ganó el mejor el clásico y ganará el mejor la Liga. Y el mejor ya es, sin duda, este Real Madrid.






